Hierro y Agua

Retrato frontal de África desnuda dentro del mar, con el oleaje de la cala detrás. El cuerpo del agua

Después de África en Treceño, los dos sabíamos que volveríamos a trabajar juntos. No habíamos decidido cuándo ni dónde, pero algunas historias no terminan cuando se guarda la cámara. Sencillamente, esperan.

 

Meses después le propuse a África un viaje en tren hasta un pequeño pueblo de la costa. No había un guion cerrado, solo una cala apartada, una mochila ligera y la intención de caminar sin demasiada prisa. Ella aceptó sin preguntar mucho más. Era nuestra segunda vez trabajando juntos y ya conocíamos nuestros silencios: yo sabía cuándo levantar la cámara y ella sabía cuándo podía olvidarse de que estaba allí.

 

El tren avanzó entre un cielo gris y un paisaje que parecía detenido. Al llegar, dejamos atrás la estación y recorrimos caminos estrechos hasta encontrar el mar. En la cala, África se quitó las botas y dejó la ropa sobre las piedras. Entró en el agua sin ceremonia, como quien necesita desprenderse durante un instante de todo lo que ha traído consigo. Frente a ella, el mar; a su espalda, el hierro de las vías y el camino recorrido.

 

El tiempo cambió antes de lo previsto. La lluvia y el frío nos obligaron a buscar refugio en una vieja pensión del pueblo. Comimos una sopa caliente en una taberna cercana y pasamos allí la noche. Aquella habitación, con sus paredes gastadas, la cama de hierro y la luz húmeda entrando por la ventana, no formaba parte del plan. Sin embargo, acabó convirtiéndose en el verdadero corazón de la serie.

 

África dejó de interpretar y comenzó simplemente a habitar el lugar: junto a la ventana, sobre la cama deshecha, atravesando el cuarto o bajo el agua de una ducha antigua. La confianza que había nacido durante nuestro primer trabajo permitió que la cámara permaneciera cerca sin invadirla. Las fotografías surgieron despacio, sin órdenes innecesarias, mientras la tormenta seguía golpeando los cristales.

 

A la mañana siguiente, África se vistió, recogió su mochila y abandonamos la pensión. En el tren de regreso se sentó junto a la ventanilla y miró el paisaje pasar. Era el mismo trayecto, pero no la misma mirada.

 

Hierro y agua habla de ese viaje y también de dos fuerzas opuestas: el hierro que marca el camino y el agua que borra las huellas; la estructura y el abandono; aquello que nos conduce y aquello que, por un momento, nos deja libres.

 

Esta fue la segunda vez que África y yo trabajamos juntos. Ya no necesitábamos empezar de nuevo. Solo continuar desde el lugar en el que nos habíamos reconocido.


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