Vampiros, de F. J. Pineda
Desde la antigüedad, las leyendas sobre criaturas bebedoras de sangre han estado presentes en distintas culturas y civilizaciones.
Mesopotamia, Sumeria, Egipto y otros pueblos antiguos imaginaron seres nocturnos vinculados a la muerte, la enfermedad, el castigo, la sombra y el miedo a lo desconocido.
El vampiro, tal como lo entendemos hoy, fue creciendo con el paso del tiempo hasta convertirse en una de las figuras más poderosas del imaginario popular.
En él conviven la muerte y el deseo, la amenaza y la seducción, lo monstruoso y lo elegante.
Es una criatura condenada, pero también fascinante; un ser que vive fuera del tiempo, alimentándose de aquello que en los demás representa vida.
Durante siglos, muchas enfermedades, supersticiones y miedos colectivos fueron alimentando el mito.
La pérdida de sangre, la palidez, ciertos males desconocidos y la aparición de cuerpos que parecían resistirse a la descomposición dieron lugar a relatos donde lo inexplicable se atribuía a fuerzas oscuras.
La religión, la literatura y la cultura popular terminaron de construir esa imagen del vampiro como criatura maldita, nocturna y peligrosa.
Con el cine, el vampiro encontró una nueva forma de inmortalidad.
En 1922, F. W. Murnau dirigió Nosferatu, eine Symphonie des Grauens, una de las primeras y más influyentes películas del género.
Nacida dentro del expresionismo alemán, aquella obra muda convirtió al vampiro en sombra alargada, rostro imposible, presencia espectral y pesadilla visual.
Décadas más tarde, el cine seguiría regresando una y otra vez al mito.
Películas como La sombra del vampiro volvieron a mirar hacia Nosferatu y hacia la extraña fascinación que produce esa figura suspendida entre el horror, el deseo y la leyenda.
A pesar del paso del tiempo, el vampiro nunca termina de desaparecer. Cambia de rostro, de época, de vestuario y de escenario, pero conserva intacto su poder de atracción. Tal vez porque representa algo que sigue latiendo en la imaginación humana: el miedo a la muerte, el deseo de eternidad, la belleza de lo prohibido y la oscuridad que todos llevamos, en mayor o menor medida, bajo la piel.
En esta serie, F. J. Pineda ofrece su particular visión del universo vampírico. Realizada hace ya algunos años junto a sus modelos habituales y con la colaboración de su ayudante de cámara, Vampiros nace como una sesión de complicidad, juego visual y atmósfera oscura.
Entre los tres construyen una serie cargada de teatralidad, fantasía y seducción, donde el vampiro aparece no solo como monstruo, sino como personaje fotográfico: una presencia elegante, inquietante y cargada de símbolos.
La serie conserva todavía su fuerza porque el mito sigue vivo. Los vampiros nunca pasan del todo de moda. Regresan una y otra vez, desde las sombras, para recordarnos que algunas imágenes no envejecen: simplemente esperan la noche adecuada para volver a despertar.
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