Mogarraz
Mogarraz es un municipio de la provincia de Salamanca, en Castilla y León, situado en plena Sierra de Francia. Rodeado de bosques y protegido durante mucho tiempo por cierto aislamiento geográfico, ha sabido conservar de forma admirable su arquitectura tradicional, sus costumbres y una identidad propia muy reconocible.
La villa ofrece al paseante un entramado de callejuelas, pasadizos y rincones llenos de carácter. Sus fachadas de piedra y madera, sus escudos vinculados a viejos linajes, sus dinteles con grabados religiosos, sus cruceros y fuentes componen un paisaje urbano donde cada detalle parece guardar memoria.
Pero si algo llamó poderosamente la atención de F. J. Pineda en Mogarraz fue la exposición de retratos que adornan las fachadas de muchas de sus casas. Para un fotógrafo, encontrarse con aquellos rostros antiguos colocados en el exterior de las viviendas resulta especialmente emocionante: una forma inesperada de convertir el pueblo entero en una galería al aire libre.
Todo comenzó a finales de los años sesenta, cuando Alejandro Martín Criado, vecino de la localidad, retrató a los habitantes del pueblo para que pudieran formalizar su Documento Nacional de Identidad. Décadas después, en 2008, el artista local Florencio Maíllo recuperó aquel archivo fotográfico y lo transformó en una intervención artística única.
Desde entonces, más de cuatrocientos retratos se reparten por las calles de Mogarraz, colocados en las fachadas de las casas donde vivieron aquellas personas. El resultado es tan sencillo como poderoso: los antiguos vecinos siguen mirando desde los muros, devolviendo al pueblo una presencia que parecía destinada a quedar guardada en papeles y recuerdos familiares.
Mogarraz, siendo un lugar pequeño, encontró así una forma profundamente original de llamar la atención del viajero. No lo hizo con grandes monumentos ni con artificios turísticos, sino con algo mucho más delicado: los rostros de su propia gente.
Caminar por sus calles es sentirse observado por una memoria amable y silenciosa. Cada retrato abre una pregunta, una vida, una ausencia. Cada fachada se convierte en una página del álbum colectivo del pueblo.
Mogarraz no solo conserva casas.
Conserva miradas.
Y quizá por eso, para quien va con una cámara en la mano, resulta imposible no detenerse.
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