Kutná Hora
Kutná Hora, en la República Checa, es una ciudad marcada desde sus orígenes por la riqueza de las minas de plata que se encontraban en sus alrededores. Esa abundancia convirtió a la ciudad en un enclave de gran importancia histórica y económica, hasta el punto de ser conocida como “la caja del tesoro”.
Declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1995, Kutná Hora conserva un centro histórico de enorme belleza, donde destacan la iglesia de Santa Bárbara, la catedral de Nuestra Señora en Sedlec, las columnas votivas de la peste y un conjunto de calles, casas e iglesias que hablan de una larga historia cargada de acontecimientos.
Pero entre todos sus lugares sobresale, sin duda, el tétrico y fascinante Osario de Sedlec.
Los restos de unas cuarenta mil personas, acumulados durante siglos en una historia donde se mezclan la fe, la peste y las guerras, conforman este impresionante osario medieval situado bajo la iglesia de Todos los Santos, en Sedlec.
En esta ocasión, F. J. Pineda visita la capilla para contemplar de cerca el extraordinario espectáculo que forman miles de huesos humanos organizados en lámparas, cálices, cruces, escudos, guirnaldas y otros elementos decorativos realizados con material óseo. Un lugar donde la muerte no aparece escondida, sino convertida en arquitectura, ornamento y advertencia.
La historia de Sedlec comienza a finales del siglo XIII, cuando uno de los abades de la antigua abadía cisterciense trajo tierra de Tierra Santa y la esparció por el cementerio. Aquella presencia de tierra sagrada convirtió el lugar en un codiciado espacio de enterramiento. Nobles y fieles de distintos territorios de Europa pidieron ser sepultados allí, lo que hizo crecer enormemente el cementerio.
A ello se sumó la peste de 1318, que se cobró la vida de miles de personas en la zona y llenó aún más el camposanto de la abadía. Con el paso del tiempo, los restos fueron acumulándose hasta formar parte de una de las imágenes funerarias más singulares de Europa.
La leyenda cuenta que, en el año 1511, un monje tuerto fue el encargado de ordenar los huesos en seis macabras pirámides. Sin embargo, el aspecto actual del osario llegó en 1870, cuando el tallista František Rint recibió el encargo de organizar aquel caos de calaveras y tibias.
Antes de comenzar su trabajo, Rint trató los huesos con una solución de cal clorada para desinfectarlos y darles ese característico color blanco. A él se deben muchas de las piezas más sobrecogedoras que pueden verse hoy: lámparas, escudos, guirnaldas y composiciones que transforman la muerte en una escenografía imposible.
Kutná Hora no es solo una ciudad hermosa.
Es también una ciudad donde la historia recuerda al viajero que bajo toda belleza hay siempre una sombra.
Y en Sedlec, esa sombra tiene forma de hueso, silencio y eternidad.
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