Durante mucho tiempo, esta sesión existió únicamente como una idea.
F. J. Pineda quería realizar un trabajo de estudio oscuro, espiritual y pictórico, en el que el cuerpo dialogara con telas, crucifijos, calaveras, cornamentas, vasijas y otros objetos cargados de memoria.
El proyecto quedó guardado. No faltaban las imágenes: faltaba la persona capaz de habitarlas.
Oriana era amiga de su hijo, y fue así como se conocieron. Cuando hablaron de fotografía, F. J. descubrió que a ella también le atraía aquel lenguaje: la quietud, el simbolismo, la oscuridad del estudio y la sensación de encontrarse ante una pintura más que ante una simple fotografía. Entonces aquella sesión pendiente comenzó a adquirir un rostro.
En La espera, Oriana atraviesa distintas figuras. A veces parece una aparición; otras, una presencia ritual suspendida entre lo sagrado y lo pagano. Los objetos no construyen una historia cerrada ni pretenden ofrecer respuestas. Acompañan su cuerpo y crean un espacio fuera del tiempo, hecho de luz contenida, silencio y materia.
El título nace de ahí. La sesión llevaba años esperando a la modelo adecuada. Cuando apareció Oriana, no fue necesario adaptar la idea a ella: parecía haber sido concebida para su cuerpo, su mirada y su manera de comprender aquellas imágenes.
La espera había terminado.
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