Merche trabaja restaurando cosas que otros darían por perdidas. Madera, muebles, pintura decorativa, piezas antiguas que pasan por sus manos antes de volver a ocupar su sitio. La conocí precisamente en ese terreno, buscando material para una fotografía. Al principio nuestra relación tuvo más que ver con objetos, talleres y conversaciones que con ponerse delante de una cámara.
Con el tiempo acabamos haciendo fotos. Merche nunca ha tenido una actitud de modelo profesional y eso terminó siendo una ventaja. No necesita representar demasiado: cuando está cómoda, simplemente se mueve, observa, se distrae y deja de atender a la cámara. Para mí, ahí empieza lo interesante.
El claro nació buscando precisamente eso: sacarla del estudio y llevarla a un lugar donde no hubiera prácticamente nada que interpretar. Una tienda junto a un lago, un bosque de pinos, senderos, agua y tiempo.
La sesión comienza en el campamento, todavía con la luz de la mañana. Después nos alejamos de la tienda y seguimos el bosque hasta el lago, una pequeña cascada escondida entre las ramas y, finalmente, un claro donde el sol entra directamente entre los árboles. La desnudez aparece de manera natural dentro de ese recorrido: bañarse, caminar mojada, descansar al sol o permanecer sentada frente al agua sin necesidad de hacer nada más.
Al caer la tarde volvimos al campamento. El fuego, algo de comida, la noche y unas últimas fotografías mucho menos serias terminaron cerrando el día.
Ese lugar terminó dando nombre a todo: El claro.
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