África en Treceño

África, sentada un vagón de tren camino a Santander, retrato primer plano. África en el tren a Treceño

África en Treceño

 

Viajé a Cantabria en tren con la intención de recorrerla sin demasiados planes: fotografiar sus montañas, los pueblos de piedra, la costa y esa luz cambiante del norte que puede pasar de gris a dorada en cuestión de minutos.

 

Conocí a África en la cafetería del tren de larga distancia que me llevaba hacia Santander. Ella viajaba sola, sentada junto a la ventana, con una taza delante y la mirada perdida en el paisaje.

 

Empezamos hablando de la cámara que yo llevaba colgada al hombro. Después me contó que iba a Treceño, un pueblo al que regresaba siempre que necesitaba alejarse del ruido y recuperar algo que la ciudad le iba quitando.

 

La conversación se prolongó durante buena parte del viaje. África me habló de caminos entre prados, fuentes antiguas, casas de piedra, estaciones casi vacías y pequeñas calas escondidas entre los acantilados. Al llegar a Santander, tomamos juntos el tren regional que recorre la costa hasta Treceño. Para entonces, mi ruta ya había cambiado. En lugar de continuar solo, acepté acompañarla.

 

Durante aquellos días no hubo un plan fotográfico cerrado. Caminábamos, hablábamos y nos deteníamos allí donde la luz o el paisaje reclamaban una fotografía. África no interpretaba un personaje. Se movía por aquellos lugares como si formara parte de ellos: entre el campo y el mar, bajo la lluvia, junto a los animales, por las calles del pueblo o descansando al final de la jornada en la terraza de una tasca.

 

Esta serie nació de aquel encuentro inesperado. Es el retrato de una mujer fuerte, sensual y serena, pero también el recuerdo de un viaje que terminó siendo muy distinto al que yo había imaginado.


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