Cáceres
Al pasear por Cáceres, en Extremadura, el viajero se encuentra con una ciudad fundada por los antiguos romanos y marcada por el paso de distintas culturas a lo largo de los siglos.
Sus calles, plazas, murallas, iglesias y palacios conservan todavía la huella de ese largo diálogo entre la historia, la piedra y el tiempo.
La Ciudad Monumental, como se conoce su casco antiguo, ofrece una de las arquitecturas más impresionantes y mejor conservadas de España.
En ella conviven el gótico y el Renacimiento, las calles medievales adoquinadas, las casas señoriales, los palacios fortificados y una atmósfera que parece haber quedado suspendida en otro siglo.
Rodeada por una muralla de origen almohade, levantada en el siglo XII, Cáceres conserva alrededor de treinta torres, algunas de ellas coronadas por nidos de cigüeña.
Esa presencia blanca y silenciosa sobre la piedra añade a la ciudad una imagen muy propia, casi simbólica: la vida instalada sobre la memoria.
Caminar por Cáceres es entrar en un magnífico escenario histórico.
Cada rincón parece conducir al viajero hacia un pasado en el que convivieron, dejaron huella y se cruzaron las culturas cristiana, musulmana y judía. Esa mezcla sigue presente en la forma de sus calles, en sus patios, en sus fachadas y en la serenidad de sus plazas.
Pero Cáceres no solo se contempla: también se saborea. Galardonada como Capital Española de la Gastronomía en 2015, la ciudad es uno de los mejores lugares para disfrutar de la cocina extremeña. Su tradición culinaria nace de siglos de mezcla cultural y de una tierra generosa en productos de enorme calidad.
La provincia de Cáceres reúne varias denominaciones de origen e indicaciones geográficas protegidas, que han contribuido al prestigio de su gastronomía dentro y fuera de España. Quesos, carnes, embutidos, aceites, vinos, dulces y platos tradicionales forman parte de una cocina recia, auténtica y llena de carácter.
El viajero no debería marcharse sin probar la Torta del Casar, la perdiz al modo de Alcántara, el mojo de tencas de Brozas o un postre de higos acompañado por un buen vino de la tierra.
Porque en Cáceres la belleza no solo se mira.
También empieza por el paladar.
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