Silent Hill, de F. J. Pineda
Silent Hill, traducido habitualmente como La colina del silencio, forma parte de uno de los universos más inquietantes del imaginario contemporáneo.
Nacido en el mundo del videojuego y llevado después al cine, este título se ha convertido en referencia obligada para los amantes del terror, la oscuridad y las atmósferas cargadas de pesadilla.
En esta ocasión, la serie surge no de una idea inicial de F. J. Pineda, sino del entusiasmo de su equipo habitual: una pandilla de cómplices creativos, aficionados a la Comic-Con, al disfraz, al maquillaje y a ese placer casi infantil —y al mismo tiempo muy elaborado— de transformarse en personajes salidos de otros mundos.
Con motivo de Halloween de 2015, este grupo de “encantadores locos”, como bien podrían llamarse, insistió en realizar una sesión inspirada en Silent Hill.
Iban a acudir caracterizados con esta estética y querían aprovechar la ocasión para construir también una serie fotográfica que recogiera toda la fuerza visual de sus personajes.
Tras muchas insistencias —y quizá también por todas las perrerías, siempre cariñosas, a las que F. J. Pineda suele someterlos en otros proyectos—, el fotógrafo accedió gustosamente a la propuesta.
Así nació esta sesión, construida desde la amistad, el juego, la complicidad y el gusto compartido por la fantasía oscura.
En Silent Hill, F. J. Pineda se adentra en un territorio distinto al de otras de sus series, pero sin renunciar a su forma de mirar.
La atmósfera se vuelve más sombría, más densa, más cinematográfica. Los personajes aparecen como presencias salidas de una niebla mental, criaturas de un mundo suspendido entre el miedo, el disfraz y la representación.
La serie no busca solo reproducir una estética conocida, sino apropiarse de ella y convertirla en experiencia fotográfica. Hay homenaje, sí, pero también reinterpretación. Cada imagen recoge algo del espíritu del universo Silent Hill: su extrañeza, su tensión, su aire de pesadilla y esa belleza torcida que aparece cuando el terror se mezcla con el artificio.
Como en tantas otras sesiones, aquí lo importante no es solo el resultado visual, sino también el ambiente en el que fue creado: una tarde de risas, maquillaje, entrega y locura compartida. Algunos de los habituales no pudieron estar presentes en esta ocasión, aunque se incorporaron nuevas chicas a las que F. J. Pineda espera volver a encontrar en futuros proyectos.
Esta serie queda, por tanto, como testimonio de una sesión hecha desde la afición, la confianza y el entusiasmo colectivo. Un pequeño descenso fotográfico a las colinas del silencio, guiado por un grupo de amigos lo bastante locos, generosos y geniales como para convertir una simple idea en una pesadilla estupenda.
Mi agradecimiento a todos vosotros por estar como cabras y ser tan geniales.
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